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jueves, 31 de diciembre de 2009

Grandes Batallas Españolas: La batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571)

La armada aliada estaba formada por 70 galeras españolas (sumadas las propiamente hispanas con las de Nápoles, Sicilia, y Génova), 9 de Malta, 12 del Papado y 140 venecianas. La flota estaba confiada teóricamente a Juan de Austria y dirigida efectivamente por jefes experimentados como Gian Andrea Doria y los catalanes Juan de Cardona y Luis de Requesens. Marco Antonio Colonna, condestable de Nápoles y vasallo de España, era el almirante del papa. Las naves venecianas estaban al mando de Sebastián Veniero.

La desconfianza hacia los venecianos era tal que don Juan repartió 4.000 de los mejores soldados españoles en las galeras de la Señoría e hizo que éstas navegasen entreveradas con las de España. La Sublime Puerta lanzó un ataque a fondo contra Famagusta, último reducto de los venecianos en Chipre. Fuerzas turcas se apoderaron de Dulcino, Budua y Antivari, e incluso llegaron a amenazar la plaza de Zara.

Las armadas se encuentran en el golfo de Lepanto:

Don Juan de Austria constituyó una batalla central de 60 galeras en las que iban Colonna y Veniero con sus naves capitanas, flanqueada por otras batallas menores al mando de Andrea Doria, Alvaro Bazán y al veneciano Agustín Barbarigo. A Cardona se le dio una flotilla exploradora en vanguardia. A bordo iban cuatro tercios españoles de Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel Moncada. La infantería italiana era también de gran calidad. El 29 de septiembre abordo a la capitana de don Juan una fragata de Gil de Andrade con el anuncio de que los turcos esperaban en el golfo de Lepanto. Bazán aconsejaba entrar en el golfo y Andrea Doria temía aventurarlo todo en una jornada. La maniobra ordenada permitió cerrar el golfo y dio tiempo a una perfecta ordenación de la armada. El Almirante Alí Bajá concentró el esfuerzo sobre las galeras venecianas, que suponía menos aguerridas. El primer ataque turco fue neutralizado por Barbarigo, que fue herido de muerte. El consejo de don García de Toledo de recortar los espolones hizo más eficaz el empleo de la artillería. La Las bajas causadas por la arcabucería española fue decisiva en el combate cuerpo a cuerpo. En muchas de las galeras turcas los cautivos cristianos se rebelaron en lo más recio del combate. Fue un galeote cristiano quien cortó la cabeza del almirante Alí con su hacha de abordaje. Sólo 50 de las 300 naves turcas pudieron escapar.

Carácter decisivo de la victoria y consecuencias:
Es sabido lo laboriosa que fue la preparación de la cristiandad para enfrentarse de una forma decidida con el peligro turco. El único hombre que vio clara la situación desde el primer momento fue el papa Pío V. Incluso Felipe II, que tan amenazadas veía sus posesiones peninsulares por el enemigo, tardó mucho en convencerse de la necesidad de afrontar el peligro de frente y de asestar un golpe definitivo a los turcos. Sin embargo, y a pesar de todas las dificultades surgidas, el 7 de octubre de 1571 se dio la batalla de Lepanto, batalla que aparentemente fue una victoria total para los miembros de la Liga Santa. Sin embargo el carácter definitivo de la victoria cristiana ha sido discutido por muchos historiadores.

Pocas veces, si alguna, en la historia de los tiempos modernos, los frutos de una bella victoria han sido más vergonzosamente desperdiciados.(Merriman)

Aplazamientos, desconfianzas entre los aliados y la muerte del papa San Pío V provocaron la malversación del triunfo de Lepanto. Felipe II se sentía temeroso de un nuevo afianzamiento de la alianza francoturca; los venecianos se hallaban dispuestos, al cabo de cierto tiempo, a hacer una paz separada: si no hubiese sido por el entusiasmo de Don Juan de Austria, la Liga se habría deshecho... Pero las desconfianzas de Felipe -sus celos- hacia Don Juan de Austria, sus lentitudes características, dieron por resultado, al cabo de pocos meses, la caída de Túnez y la Goleta en poder de los turcos (1574). Así quedaba desvanecida la gloria de Lepanto. (Soldevila)

La victoria de Lepanto abría la puerta a las mayores esperanzas. Sin embargo, de momento, no trajo consigo ninguna clase de consecuencias. La flota aliada no persiguió al enemigo en derrrota, por diversas razones: sus propias pérdidas y el mal tiempo, a quien el imperio turco, desconcertado, debió tal vez su salvación. En este sentido, fue fatal la larga demora española del verano de 1571, pues, al colocar a los aliados victoriosos en los umbrales de la estación del mal tiempo, vinieron a interponerse ante la victoria, como treguas obligatorias, el otoño, el invierno y la primavera... Pero si, en vez de fijarnos exclusivamente en lo que viene después de Lepanto, paramos la atención en lo que precede a esta victoria, nos daremos cuenta de que viene a poner fin a un estado de cosas lamentable, a un verdadero complejo de inferioridad por parte de la Cristiandad y una primacía no menos verdadera por parte de los turcos. La victoria cristiana cerró el paso a un porvenir que se anunciaba muy próximo y muy sombrío. (Braudel)

sábado, 17 de enero de 2009

Batallas Históricas: El desembarco de Normandía, El Día "D"

En una arriesgada operación, el 6 de junio de 1944 las Fuerzas Aliadas desafiaron a la Alemania Nazi en la costa de Normandía. El costo de vidas fue enorme, pero se logró reconquistar París. Estados Unidos y Gran Bretaña habían golpeado con fuerza. El Tercer Reich estaba en retroceso.

El desembarco en Normandía. El día D. El día más largo de todos. El comienzo del fin de la Segunda Guerra Mundial. Con todas esas denominaciones se recuerda el 06 de junio de 1944, ocasión en que las fuerzas aliadas desplegaron su mayor contingente para desembarcar en la costa francesa del Canal de la Mancha.

La misión: abrir un nuevo flanco de batalla para recuperar el control de París, Bélgica y los Países Bajos, en ese entonces en manos de la Alemania Nazi, dirigida por Adolf Hitler.

Frankin D. Roosevelt, Presidente de Estados Unidos, y Winston Churchill, Primer Ministro británico, estaban concientes de que para triunfar en la guerra era vital propinar un golpe contundente al Tercer Reich. Pero no se ponían de acuerdo en dónde.

Churchill, quien con éxito ya había impedido la invasión nazista a Gran Bretaña, proponía que el ataque debía desarrollarse por el Este europeo, ya que de esa manera se cortaría además el avance soviético por esa región.

Pero Roosevelt prefería perforar la denominada "Muralla Atlántica", ingresando por la costa norte de Francia. El éxito obtenido tras el desembarco en la isla italiana Sicilia, alentaba las esperanzas de que un nuevo golpe a través de la vía marítima era posible.

Por su parte, y también con una visión claramente estratégica, el líder soviético Joseph Stalin ayudó a lograr que la decisión final se inclinara hacia la apertura de un flanco "francés". Eso le permitiría sostener su dominio en Europa del Este y extender las redes del comunismo, como finalmente ocurrió.



Sin duda la elección del día fue fundamental. Con un mejor manejo de la información meteorológica, los Aliados podían saber que aquel martes 06 de junio las condiciones estarían dadas para efectuar el desembarco. Para los alemanes, en cambio, todo indicaba lo contrario. Los días previos, un frente permitía suponer que por el momento no vendría un ataque. Incluso algunos altos mandos alemanes estaban con día libre.

Pero no sólo el clima ayudó en la concreción del ataque. Hitler suponía, con algo de lógica, que el ataque se realizaría en Calais, el punto más cercano desde Inglaterra, por lo que la mayor parte de la defensa se concentraba ahí.

El engaño se transformó en la mayor arma de los Aliados. Ya el 04 de junio Einsenhower ordenó el inicio de la operación con aviones que dejaron caer más de cinco mil bombas sobre las defensas alemanas.

Mientras, desde Pórtland, Southampton, Dover y Dartmouth, miles de barcos se dirigían hacia el punto de encuentro en pleno Canal de la Mancha: Piccadilly Circus fue el punto de enlace antes de iniciar el camino hacia las playas francesas.

A las 00:20 horas del martes 06 de junio de 1944, más de 19 mil paracaidistas se dejaron caer sobre territorio francés, iniciando la primera parte del ataque. Por la oscuridad de la noche, muchos cayeron en lugares equivocados, engrosando los números de muertos y desaparecidos.

Durante la madrugada las barcazas se acercaron a la playa y alrededor de las 06:30 comenzó el desembarco, con un fuerte enfrentamiento armado entre las defensas alemanas, los barcos bombarderos y la aviación aliada.

Comenzó entonces una de las más crudas batallas. El fotógrafo francés Robert Capa, que viajaba en una de las embarcaciones, narra en su libro "Slightly out of focus" el dramatismo de aquellos momentos:

"(.) El fondo de nuestro bote golpeó tierra de Francia. El contramaestre bajó la plancha de acero del frente de la barcaza y allí, entre las grotescas formas de obstáculos de acero que salían del agua, estaba una línea fina de terreno envuelto en humo, nuestra Europa, la playa Easy Red (.) Los hombres de mi bote se echaron al mar. Con el agua por la cintura, rifles listos para disparar, con los obstáculos y la humeante playa de fondo, eso era suficientemente bueno para el fotógrafo (.) St. Laurent-sur-Mer debió haber sido en otro tiempo un lugar triste y barato (.) Ahora, 6 de junio de 1944, era la playa más fea del mundo"

Los británicos fueron recibidos en la playa Juno con un intenso fuego. De acuerdo a los planes, las tropas debían establecerse en la orilla y esperar la llegada de los acorazados para intentar tomar las ciudades costeras. Pero algunas divisiones alemanas Panzer se encargaron de dificultar la tarea. En Sword fue casi total la masacre de canadienses y británicos.

Los estadounidenses tomaron el otro extremo de la bahía con algo más de suerte, aunque en Ohama encontraron una fuerte defensa con minas antipersonales, que sumadas a la defensa alemana dejaron 3.000 muertos en las primeras cuatro horas.

Utah fue tomada con mayor facilidad por los americanos, con sólo 197 bajas. El desembarco fue durísimo durante las primeras horas, pero una vez establecidas las bases primarias en las playas y con la llegada de los vehículos anfibios y tanques transportados en barcos, la fuerza aliada se apropió de la costa francesa. Al final del 06 de junio los Aliados habían puesto sobre Normandía más de 170 mil soldados, 10 mil tanques y vehículos de artillería, pero habían sufrido la pérdida de 12 mil soldados. Para los alemanes las bajas fueron unas seis mil. Pero perder la costa fue el inicio de su derrota final en la Segunda Guerra Mundial.

Fuentes: www.emol.com

sábado, 29 de noviembre de 2008

Batallas Historicas: La Batalla de Bailen

El general Dupont, que después de abrirse paso en el puente de Alcolea, había penetrado en Córdoba el 7 de junio, entregándola al saqueo, no se atrevió a proseguir su marcha hacia Cádiz hasta recibir refuerzos, noticioso de que se estaba organizando en el campo de San Roque, al arrimo de la plaza de Gibraltar, el ejército español de Andalucía.

Este se puso en movimiento, estableciéndose algunas fuerzas en Carmona, y el grueso del ejército, a las órdenes de D. Francisco Javier Castaños, en Utrera, cuya villa y sus alrededores quedaron convertidos en un vasto campo de instrucción ( Fueron tantos los voluntarios que acudieron al llamamiento de la patria que el general Castaños tuvo que mandar a sus casas sobre unos 12.000 paisanos, que consideraba inútiles por no querer llevar ningún regimiento que no fuese organizado.

Además, aunque abundan las armas, había escasez de vestuario y equipo, supliendo la falta de cartucheras con saquillos de lienzo, que las damas de Utrera confeccionaron.), dedicándose allí por lo menos ocho horas diarias a ejercicios doctrinales, con tan buena voluntad y celo por parte de todos, que en la revista pasada el 26 de junio, trece días después de verificada la concentración en Utrera, maniobraron las tropas con gran desenvoltura y aire marcial, aunque no con el aplomo y precisión de las veteranas. Dupont, aislado con su división en Córdoba, sin noticias de lo que pasaba a su espalda por estar interceptadas las comunicaciones con Madrid, temió ser atacado y envuelto, y en la noche del 16 abandonó la capital del antiguo califato, dirigiéndose a Andújar, donde se estableció en la mañana del 18, no tardando en incorporársele las divisiones Vedel y Gobert, a las que encargó Dupont vigilasen los pasos del río aguas arriba de Andújar y viesen al mismo tiempo de conservar expeditas las comunicaciones. La escasez de subsistencias obligó al enemigo a enviar una expedición a Jaén, en cuya ciudad repitieron los imperiales, los horrores de Córdoba.

El general Castaños salió de sus cantones de Utrera y Carmona a últimos de junio, en combinación con el general Reding, que salió de Granada el 3 de julio en dirección de Jaén con las tropas allí organizadas, y el primero siguió avanzando desde Córdoba con todo género de precauciones, muy necesarias a la inmediación de un enemigo que llevaba por toda Europa fama de invencible, efectuando la marcha por Bujalance y Porcuna, donde se pusieron en comunicación ambos ejércitos, de los que se formó uno solo bajo el mando del general Castaños ( Organización del ejército de Andalucía el 11 de julio de 1808. General en jefe: D. Francisco J. Castaños; mayor general: mariscal de Campo D. Tomás Moreno; comandante general de Artillería: mariscal de campo, marqués de Medina; comandante general de Ingenieros: coronel D. Bernardo de Loza. Figuraban además en el Cuartel General, los mariscales de campo D. Francisco de Vargas y D. Narciso de Pedro; los brigadieres marqués de Gelo y D. José Augusto de la Porte; los coroneles de Infantería D. Pedro Girón y D. Joaquín Navarro; el de Caballería D. Andrés Mendoza; el de Artillería D. Juan Arriada, y el de Ingenieros D. Juan Bouligny con los oficiales del mismo Cuerpo D. José María Huet y D. Antonio Remón Zarco del Valle.

Primera División (9.436 hombres, 817 caballos, dos compañías de Zapadores y diez piezas de artillería): Comandante general, mariscal de campo D. Teodoro Reding; Segundo comandante, brigadier D. Francisco Venegas; jefe de Estado Mayor, brigadier D. Federico Abadía.

Segunda División (7.850 hombres, 453 caballos, una compañía de zapadores y seis piezas): Comandante general, mariscal de campo, marqués de Coupigny; Segundo comandante D. Pedro Grimarest.

Tercera división (5.415 hombres y 582 caballos): Comandante general, mariscal de campo D. Felix Jones.

División de reserva (6.676 hombres, 408 caballos, una compañía de zapadores y doce piezas): Comandante general, teniente general D. Manuel de la Peña.

Había además un Cuerpo volante o División de montaña a cargo del coronel D. Juan de la Cruz Mourgeon, compuesto de unos 2.000 hombres.).

Con arreglo al plan acordado en dicho punto, el general en jefe se dirigió con la división Jones y la de Reserva, por Arjona y Arjonilla, a los Visos, colinas situadas en la orilla izquierda del Guadalquivir, frente al puente de Andújar, como para atacar al enemigo por aquella parte, y la primera (Reding) se desplazó por la derecha a Menjívar, mientras la segunda (Coupigny) tomaba posición en la Higuereta (Higuera de Arjona) para apoyar a aquella en su marcha y observar al cuerpo francés acantonado en Villanueva de la Reina, debiendo una y otra pasar el río, dirigirse a Bailén para colocarse a retaguardia de Dupont, y caer después sobre Andújar al mismo tiempo que Castaños acometía de frente desde los Visos. El día 13, el general en jefe rompió un vivo cañoneo desde sus posiciones, demostrando una actitud amenazadora; Murgeon pasó el Guadalquivir por el puente de Marmolejo para molestar a los franceses de Andújar por el flanco, retirándose después al Peñascal de Morales; Coupigny, desde la Higuereta, rechazó al otro lado del río a dos batallones enemigos que ocupaban Villanueva, y Reding permaneció impasible en Menjívar, manteniendo ocultas la mayor parte de sus fuerzas ante los reconocimientos que practicó Vedel. (Esto consideramos que fue básico y esencial para el desarrollo final de aquella operación militar). Desorientados los generales franceses, no dieron importancia a la presencia de algunas tropas españolas en dichos puntos, así, que habiendo Dupont pedido refuerzos a Vedel, marchó éste a Andújar con toda su división, sin dejar frente a Menjívar más que dos batallones a cargo del general Liger-Belair, a quien debía apoyar Gobert, para cuyo objeto se trasladó éste de La Carolina a Bailén.

En la madrugada del 16, casi todas las fuerzas de Reding pasaron el río por la barca de Menjívar y por el vado de Rincón, 3 kilómetros más arriba, para practicas un reconocimiento ofensivo en dirección de Bailén. Liger-Belair se replegó con orden buscando el apoyo de Gobert; y éste acudió presuroso en su auxilio, con tan mala fortuna, que cayó muerto de un balazo en la cabeza, causando tal desgracia gran desaliento en las filas imperiales, por lo cual el general Dufour, que sucedió a Gobert, emprendió la retirada. Los españoles se cubrieron de gloria en este combate, rechazando nuestros jinetes e infantes a los coraceros franceses (Cayó mortalmente herido en dicho combate el valeroso capitán de Farnesio D. Miguel Cherif, nieto de los Cherifes de Tafilete, acogidos a la protección española de tiempo de Carlos III). Reding para inspirar confianza al enemigo, retrocedió con sus tropas, estableciendo el campo frente a Menjívar, donde lo tenía antes Liger-Belair, y la Junta de Granada se apresuró a otorgarle el empleo de Teniente general.

El 17, mientras la división española de Coupigny se dirigía a Menjívar para unirse con la de Reding, Vedel llegaba a las ocho y media de la mañana a Bailén para apoyar a Dufour; mas éste, temiendo que las fuerzas irregulares de D. Pedro Valdecañas, que operaban en el camino de Baeza y Ubeda y que habían sorprendido ya un destacamento francés en Linares, se apoderasen de los pasos de la sierra, sostenida por las tropas victoriosas de Reding, había abandonado a Bailén, camino de Sierra Morena; así es que Vedel, después de hacer reconocer todas las avenidas del Guadalquivir, no descubriendo en ellas peligro alguno, siguió desde Bailén tras de Dufour, con el que se reunió en Guarroman, ordenándole continuase hasta Santa Elena, y él se trasladó a La Carolina, esperando noticias del enemigo y nuevas órdenes del general en jefe. Dupont, considerando comprometidas sus fuerzas por la considerable distancia que las separaba, se resolvió a trasladar su campo a Bailén, aunque, tranquilizado por los reconocimientos de Vedel, no tuvo prisa en ello, y en lugar de ponerse en marcha el mismo día 17 por la noche o en la mañana del 18, difirió efectuarlo hasta la noche de este día para ocultar la retirada a Castaños. De este modo, una serie de errores y coincidencias, fatales para el ejército enemigo, permitieron a los españoles llevar a cabo su plan, que por lo dicho se comprende no dejaba de ser bastante peligroso, y asestar de firme el rudo golpe con que amenazaban hace días a los desconcertados y ciegos imperiales, trasladándose en la mañana del 18 las divisiones Reding y Coupigny a Bailén, en cuyas afueras camparon, sin haber tropezado con un solo enemigo.

No eran todavía las tres de la madrugada del 19, cuando, puesta ya en movimiento la vanguardia española hacia Andújar, anunció el fuego de las avanzadas la presencia de los franceses. Estos habían salido sigilosamente de dicho punto a las ocho de la noche con su numerosa impedimenta, compuesta de 500 ó más carros, en los que iban muchos enfermos y el botín cogido en Córdoba, y marchaban por la carretera silenciosos, tristes y abatidos por aquella prolongada inacción y retroceso, tan contrarios a su habitual manera de guerrear. Mientras D. Francisco Javier Venegas, que mandaba la vanguardia, contenía algún tanto al enemigo, Reding, a quien correspondía el mando, ordenaba sus tropas estableciéndolas rápidamente como indica el croquis (La Artillería, a la que tan sobresaliente papel cupo en esta gloriosa batalla, estuvo dirigida por los coroneles D. José Juncar y D. Antonio de la Cruz, distribuida del modo siguiente: la batería de la derecha, mandada por el capitán D. Tomás Ximénez, con los subalternos D. José Escalera, D. Alonso Contador y D. Vicente González Yebra; la del centro, sobre la carretera, a las órdenes del teniente D. Antonio Vázquez; y la de la izquierda, mandada por el capitán D. Joaquín Cáceres y sostenida por las compañías de ingenieros de D. Gaspar de Goicoechea y D. Pascual de Maupoey ( era D. Pascual o D. Tomás Pascual, oficial de Estado Mayor, procedente de Ingenieros, y capitán de una compañía de Minadores en Bailén. Llegó a brigadier coronel de ingenieros, y fallecería en la acción de Bornos (1º de junio de 1812), la división Reding a la derecha del camino real y la de Coupigny a la izquierda, para hacer frente a Dupont y al propio tiempo a Vedel, que desde La Carolina podía presentarse de un momento a otro por retaguardia. El general Chabert, jefe de la vanguardia francesa, no titubeó un instante comprendiendo lo crítico de la situación en que iba a encontrarse el ejército a que pertenecía, avisó a Dupont y atacó resueltamente la línea española, estableciendo en el centro las seis piezas de su brigada; mas, blanco estas de la batería española del centro, que era de mayor calibre (de a 12), bien colocada y mejor dirigida, fueron al instante desmontados dos de los cañones franceses y muertos o heridos gran parte de los sirvientes, no teniendo más fortuna el enemigo en su derecha e izquierda, pues fue rechazado del Cerrajón y Haza-Walona en que habían podido situarse los nuestros, arrojando de dichas alturas a las avanzadas francesas que las habían ocupado ya, y también del cerro Valentín. Llegó presuroso Dupont, y turbado por aquel fatal contratiempo, no esperó la reunión de todas sus fuerzas, repitiendo imprudentemente el ataque a las cinco de la mañana, con solo la brigada Chabert y la caballería de Dupré, sin otro resultado que aumentar las bajas y el desaliento de sus valientes soldados.

Forzoso le fue aguardar la llegada de las tropas restantes para tratar de abrirse paso. Cuando toda su división hubo atravesado el Rumblar, dejó en la margen izquierda la brigada Pannetier para hacer frente a Castaños si presentaba, y renovó la pelea con el resto de su infantería y toda la artillería y caballería, acometiendo por el centro la primera bajo la protección del vivo fuego de la segunda, mientras los renombrados y temibles dragones y coraceros de Privé se dirigían hacia el Portillo de la Dehesa para tratar de envolver nuestra izquierda. Apuradas se vieron las escasas fuerzas españolas que había en el Cerrajón y Haza-Walona, por lo cual, acudió en su auxilio el mismo Coupigny; mas los jinetes imperiales cargaron con tal ímpetu y bravura, que nuestros batallones tuvieron que replegarse, con pérdida de una bandera, muriendo gloriosamente el coronel D. Antonio Moya, al frente de su regimiento de Jaén. Continuó Prive la carga contra los cuerpos de la izquierda, todos de Provinciales, que rechazaron serenos la acometida cual las mejores tropas veteranas, a la voz y el ejemplo de sus coroneles el marqués de las Atayuelas, D. Pedro Conesa y D. Diego de Carvajal, refrenando con su inquebrantable firmeza el formidable empuje de los jinetes franceses. Estos se dirigieron entonces a la izquierda y centro de su línea, en el que la batería española de aquella parte seguía inutilizando cañones y montajes a medida que iban apareciendo a su frente, y cubriendo de metralla las columnas de ataque, a las que mantuvo siempre a respetable distancia, saliendo al encuentro de ellos los regimientos de caballería de Farnesio y Borbón; mas acudiendo los coraceros que venían de la derecha, retrocedieron nuestros jinetes bastante desorganizados, penetrando mezclados con ellos los franceses en la batería de la derecha. Los artilleros se mantuvieron serenos en su puesto, defendiéndose con los juegos de armas, dando así tiempo para que la infantería inmediata se rehiciese, y lo mismo Farnesio, cuyos escuadrones fueron conducidos de nuevo a la carga por su sargento mayor D. Francisco Cornet que murió gloriosamente al salvar su batería, frente a la cual quedaron tendidos la mitad de los coraceros. Por la izquierda francesa, los dragones de Privé contuvieron el movimiento envolvente que había iniciado el brigadier Venegas, volviendo unos y otros a sus anteriores posiciones, después de porfiada pelea en el Zumacar grande, donde se distinguió el regimiento de Ordenes militares, mandado por su coronel el brigadier D. Francisco de Paula Soler.

Tal era el estado del combate a las once de la mañana. A franceses y españoles interesaba decidir cuanto antes la contienda, pues podían presentarse de un momento a otro, tanto Vedel como Castaños, y aniquilar al contrario que fuese cogido entre dos fuegos; pero más abatidos los enemigos por el mal éxito de las anteriores tentativas, agobiados de fatiga y medio muertos de calor y de sed (Los españoles, más descansados y hechos al clima, disponían además del agua que les llevaban los habitantes de Bailén, pero no había en su campo una sola mata que les diese sombra, como los olivares que cubrían el campo de los franceses.), bajo los rayos de aquel sol abrasador que caldeaba el campo de batalla, asfixiando a hombres y caballos, estaban en situación más angustiosa que los españoles, a quienes sonreía ya la victoria de una manera indudable. Entonces Dupont, no pensando ya en vencer, pues no era posible, sino tan sólo en abrirse paso a toda costa, mandó venir del Rumblar tres batallones de la brigada Pannetier, y el batallón de marinos de la Guardia Imperial, no dejando allí más que un solo batallón; hizo cundir la voz de que Vedel se encontraba ya próximo y a espaldas del enemigo; recorrió sus quebrantadas filas para recordar las anteriores glorias y pedir a todos un último esfuerzo; y mostrando a sus soldados la bandera española conquistada por los coraceros, pónese con todos sus generales a la cabeza de las columnas y arremete con heroico ardimiento, al grito siempre mágico de ¡Vive l'Empereur! Mas la incansable artillería española continúa impertérrita su obra de destrucción, barriendo con la metralla infantes, jinetes y caballos, revueltos en espantosa confusión; y la infantería, muro impenetrable de bronce, como la llama Thiers, fulmina mortífero fuego por descargas sobre el enemigo, sembrando la desolación y el terror en sus compactas masas. Cae muerto el general Dupré con otros muchos jefes y oficiales; es herido también Dupont, y los bravos marinos de la Guardia Imperial que, dando ejemplo a sus compatriotas, se mostraban dignos, como siempre, de sí mismos, marchando impávidos en columnas cerradas delante de todos, sin hacer caso de los enormes claros que iban produciéndose en sus filas, y sin dejarse oír entre ellos otras voces que la de ¡Serrez la colonne! ¡En avant! y las aclamaciones a su emperador, tienen al cabo que detenerse cerca ya de la línea española, vacilando su incomparable valor, para retroceder en desorden e ir a guarecerse todos en el olivar que cobijaba a los franceses desde el principio de la batalla.

Las fuerzas de aquellos desgraciados se habían agotado ya por completo. Unos 2.000 de ellos yacían muertos en el campo, con un número casi igual de heridos, y los demás, envidiando la suerte de los primeros arrojaban las armas con desesperación para tenderse jadeantes y angustiados al pie de los olivos, buscando su débil sombra. Su artillería, desmontada casi toda (De las dieciocho piezas que tenía Dupont, catorce habían sido desmontadas por la artillería española ("Storia delle campagne é deglir assedi degl'italiani in Spagna dal MDCCCVIII al MDCCCXIII", de Camillo Vacani, Tomo I, pág. 212); y según el parte oficial de Castaños, "... el acreditado Real Cuerpo de Artillería, además de participar de todos los afanes y triunfos referidos, ha inmortalizado su gloria con admiración de ambos ejércitos, pudiéndose asegurar que sus oportunos rápidos movimientos y el acierto de sus fuegos (que desmontó 14 piezas al enemigo), señalaron desde luego, ú por mejor decir, fixaron desde el principio la victoria."), les era completamente inútil; Vedel no aparecía, y en cambio los Tiradores de Cruz Mourgeon que había acudido al oír el fragor del combate, ceñían la orilla derecha del Rumblar, a cuya inmediación se veían amontonados todos los bagajes del ejército francés, al paso que sus avanzadas anunciaban la aproximación de Castaños. Para colmo de desdichas, los dos regimientos suizos de Preux y de Reding, antes al servicio de España, aprovechan la ocasión para reunirse en su mayor parte a sus antiguos camaradas. No habiendo, pues, medio de salir de aquella terrible situación, el general enemigo se apresuró a solicitar de Reding una suspensión de hostilidades para acordar con el general en jefe español las bases de la capitulación, en la que debían ser comprendidas las divisiones Vedel y Dufour, según exigía aquel.

El general Castaños no había podido enterarse de la salida de Dupont de Andújar hasta las dos de la madrugada del 19; y encontrando obstruido el puente, sólo a las ocho de la mañana emprendió la marcha, camino de Bailén, la división de Reserva (Lapeña), cuya vanguardia mandaba D. Rafael Menacho, quien debía inmortalizar después su nombre en la defensa de Badajoz, deteniéndose en la orilla del Rumblar al saber el armisticio concertado, después de anunciar su presencia a Reding con algunos cañonazos.

Vedel, que había recibido el 18 orden de Dupont de asegurar las comunicaciones por La Carolina y Santa Elena, como también por la parte de Linares y Baeza, esperó en La Carolina que se le incorporara Dufour, y aunque en la madrugada del 19 oyó tronar el cañón hacia Bailén, no se puso en movimiento hasta las cinco de la mañana, con tal lentitud, que tardó nada menos de seis horas en recorrer los 14 kilómetros que separaban La Carolina de Guarromán, desde donde, sin sospechar todavía ni remotamente lo que pasaba, hizo practicar un reconocimiento en dirección de Linares. A las dos de la tarde volvió a emprender la marcha, y sólo entonces, al llegar a las cinco frente a Bailén y ver las posiciones que ocupaban los españoles, comprendió la apurada situación en que debía encontrarse su compañero. Reding, al saber la proximidad de Vedel, hizo darle conocimiento de la suspensión de hostilidades, cuidando, no obstante, de reforzar con algunos cuerpos las tropas apostadas a su espalda, vigilando el camino de La Carolina; mas desentendiéndose Vedel de todo, atacó el cerro del Ahorcado. Apresuróse Vedel a obedecer; mas autorizado de palabra por su jefe para ponerse en salvo con sus tropas, emprendió la marcha por la noche en dirección a la sierra, llegando a Santa Elena el 21 a mediodía, aunque alcanzado allí por el coronel de ingenieros D. Nicolás Garrido con la orden terminante e imperiosa de regresar a Bailén, exigida por los generales Castaños y Reding, que amenazaron a Dupont con pasar a cuchillo a la división Barbou, completamente cercada ya por todo el ejército de Andalucía, tuvo que efectuarlo mal de su grado por haberse acordado así en junta de jefes (De veintitrés jefes que asistieron a la junta, solo cuatro opinaron por continuar la retirada).

La capitulación se firmó al fin el 22, despues de muchas discusiones, en la casa de postas que media entre Bailén y Andújar, donde se había establecido Castaños; por ella debía quedar prisionera de guerra toda la división Barbou, con la que había peleado Dupont, y la de Vedel evacuar la Andalucía, traladándose ambas a Sanlucar de Barrameda y Rota desde donde se darían a la vela para Rochefor embarcadas en buques tripulados por españoles (La capitulación no fue cumplida por falta de transportes y marinería. Además, habiéndose caído un cáliz de la maleta de un oficial en el embarcadero del Puerto de Santa María, fueron maltratados muchos de los prisioneros y despojados de sus equipajes, cuyos atropellos no pudo impedir el general Castaños.). En su consecuencia, las legiones de Dupont, en número de 8.242 hombres, los vencedores de Austerlitz y de Friedland, que habían paseado sus águilas victoriosas por todo Europa, desfilaron por delante del ejército español y fueron a deponer sus armas y banderas junto a la Venta del Rumblar, a lo largo de la carretera, presentándose Dupont a Castaños triste y angustiado (ver cuadro al óleo de J. Casado del Alisal).

Las divisiones Vedel y Dufour (9.393 hombres) formaron pabellones y entregaron en depósito sus armas y material de guerra. Las demás tropas que faltaban del cuerpo de ejército del egenral Dupont hasta el número de 22.475 hombres, descartados los 2.000 muertos en la batalla, acudieron de Santa Cruz de la Mudela, Manzanares y otros puntos de la comunicación con Madrid, para dar cumplimiento al convenio celebrado por sus jefes.

El capitán d'Villoutreys, que había entablado en Bailén los primeros tratos, llevó a Madrid la triste noticia, escoltado hasta Aranjuez por una sección de caballería española. El 29 de julio supo el rey intruso la amarga nueva, y el 30 abandonaba la Corte madrileña, siguiéndole el 31 con la retaguardia el mariscal Moncey, para establecerse en Miranda de Ebro, en cuyas inmediaciones se concentraron 60.000 franceses. El 1º de agosto respiraba Madrid completamente libre del enemigo; el 13 entraba en ella el general D. Pedro González Llamas con las tropas de Valencia y Murcia, y el 23 lo efectuaba Castaños por la puerta de Atocha con la división de Reserva del ejército de Andalucía, siendo recibido con el júbilo consiguiente. Los imperiales levantaron también el sitio que tenían puesto a Zaragoza.

Tales fueron las consecuencias de este memorable triunfo que no costó a los españoles más de 243 muertos, entre ellos diez jefes y oficiales (Además de los dos jefes ya indicados murieron gloriosamente: el capitán de Jaén, D. Carlos Sevilla; el de Caballería de Farnesio, D. Gregorio Prieto; los de Caballería de España, D. Alonso González y D. Miguel de Sanjuán; los subtenientes de Provinciales, D. José Ariza, D. Natalio Garrido y D. Nicolás Muñóz, y el cadete de Ordenes Militares, D. José Demblans.) y 735 heridos. Al general Castaños, cuya espada y bastón de mando se conservan en el Museo del Ejército, sección de Artillería, números 1.897 y 1.898 (En el Museo Naval, con el número 716, existe un sable de marina de la Guardia Imperial, cogido en el campo de batalla el día de la misma, por el capitán de navío D. Francisco Aguirre), se le concedió el título de Duque de Bailén, y la Cruz de distinción a todos los que asistieron a esta batalla, con el lema: "Fernando VII. Bailén".

lunes, 24 de noviembre de 2008

Batallas Históricas: La Batalla de Almansa

En la actual provincia de Albacete, en la ciudad de Almansa, región muy próxima al reino de Valencia, que contaba con una población de aproximadamente 3.400 personas, con alrededor de 800 viviendas de adobe, algunos edificios religiosos, donde se destacaba la iglesia de Asunción, y otros pertenecientes a algunos nobles, se produjo el encuentro entre las tropas francesas y las de la coalición, el 25 de abril de 1707, en el contexto de la Guerra de Sucesión Española.

El trono de España había sido ocupado por Felipe de Anjou, por testamento del rey Carlos II, “El Hechizado”, que falleció el 1 de noviembre del año 1700, sin dejar herederos suyos directos. Felipe de Anjou era sobrino nieto del rey fallecido, nieto de su hermana María Teresa. Con esto, los borbones accedieron al trono español, poniendo punto final a la dinastía de los Habsbugo, pero debieron afrontar la oposición de la Gran Alianza, integrada por Austria, Dinamarca, Inglaterra y Holanda, surgida luego de la firma del Tratado de La Haya, de septiembre de 1701, a la que luego se agregaron, Portugal y Saboya. En el año 1705, esta alianza, proclamó como Rey de España y Conde de Barcelona, al Archiduque Carlos de Austria.

Habiendo Berwich, al mando de las fuerzas borbónicas, enviado una columna hacia Ayora, al mando del conde de Pinto, sus enemigos consideraron que era el momento oportuno para atacar, ya que contando con menos hombres, sería más fácil ganarles la batalla. Esa columna que estaba asediando Ayora recibió la orden de retorna,r ante la inminente batalla con los austracianos.
Así, las tropas de coalición se dirigieron hacia Almansa, en el anochecer del 24 de abril, estableciendo su cuartel general en la Torre de Boagra, en la zona de Caudete.
Avanzaron en tres frentes: A la izquierda la caballería holandesa e inglesa, ésta última acompañada también por la infantería. La infantería de todas las fuerzas aliadas en el centro. Los portugueses en infantería y caballería se ubicaron a la derecha.

El centro del ejército borbónico estaba compuesto por la infantería franco-española, el ala izquierda, por la caballería de ambas naciones, y a la derecha, se ubicó la caballería exclusivamente española. Contaban además con el apoyo de algún batallón irlandés. Partieron desde Chinchilla de Monte Aragón, a 15 km de la capital de la provincia de Albacete, adonde habían sido desplazados por las fuerzas aliadas, para dirigirse hacia Almansa, en cuyo desplazamiento cometieron saqueos, como el ocurrido en la Vega de Belén.

Eran las 15 horas del 25 de abril de 1707, cuando el duque de Berwick, que defendía a Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, de la dinastía borbónica, se enfrentó con las fuerzas lideradas por Henri de Massue y el Marquês das Minas, que representaban los intereses del archiduque Carlos de Austria, que ya había sido reconocido como Carlos III de España. La artillería francesa abrió el fuego y luego el embate de la caballería acabó muy pronto con la resistencia aliada, que tenía algo menos armamento y hombres. Estos tenían 42 batallones de infantería y 60 de caballería, con un total de 16.000 hombres, frente a los 50 y 81 que poseían respectivamente los borbones, que totalizaban 25.000 hombres. El flanco derecho de ingleses y holandeses cruzaron el arroyo del Molino, pero fueron repelidos. Luego corrió la misma suerte, el otro ala. La columna central, que al principio resistió tenazmente a sus contrarios, incluso obligándolos a replegarse, también fue vencida. La brigada “Maine” fue la que asestó el ataque final y decisivo contra la infantería inglesa. Sólo quedaba D´Asfeld, que se lanzó con un ataque desesperado sobre su adversario, pero ya todo era inútil. Las últimas resistencias fueron de los portugueses.

Comenzaba a oscurecer cuando la rendición era ya un hecho. En sólo tres horas, los defensores de los fueros de la Corona de Aragón habían perdido su posición de dominio. Los fueros eran un sistema de derecho local, que permitía a las comunidades regular sus derechos y privilegios por concesión del rey en forma más autónoma. Los borbones querían establecer un estado centralista

Luego de esta batalla, que dejó para los borbones un saldo de 2.500 bajas, y para sus enemigos unos 10.000 entre muertos y heridos, los borbones entraron en la ciudad de Játiva, que se rindió el 6 de junio de 1707 siendo incendiada 13 días más tarde por decisión de Felipe V. En su lugar fue emplazada la ciudad de San Felipe. Luego lograron ocupar Denia, Alcoy y Alicante. Aragón y Valencia quedaron en poder de los borbones, sufriendo la supresión de sus fueros. Los austracistas sólo conservaron Cataluña y las Islas Baleares.

Fuentes: La guía 2000, Turismo de Almansa